• La locura de cada año: la Policía se ve obligada a cerrar el Metro Sol y a cortar trozos de Preciados para evitar avalanchas con el centro de Madrid prácticamente a reventar

La calle de Preciados, vista desde la Puerta del Sol, durante la tarde...La calle de Preciados, vista desde la Puerta del Sol, durante la tarde del viernes.

Esto es verídico: el redactor queda con el fotógrafo en Callao, pero el fotógrafo no llegará jamás. No porque no quiera. Porque no puede.Sol es, casi, una muralla humana infranqueable. Por momentos ni los municipales a caballo pueden atravesarla, y esto también es verídico.

Un mar de cuerpos anega el centro de Madrid al calor de la inminente Navidad y sus destellos de luz, la locura de las compras, el alucinante zoológico humano, los indigentes, las señoras con sus visones, las estatuas humanas, la indescifrable alegría de la masa…

Esta es una crónica a vuelapluma de una tarde, la de este viernes, Día de la Constitución, por el tan alocado como asfixiante centro de la capital: el paraiso para tantos amantes de las fechas navideñas, para los niños, para las señoras con sus bolsas… Un infierno antropológico-comercial para otros, incluidos los policías municipales, obligados a cortar trozos de la calle Preciados y, en general, a pastorear al gentío como si de ovejas se tratara.

Son las 17.45 horas y de entrada esto es lo que se oye transitando, con más pena que gloria, por la selva humana de la Gran Vía, reventonas las aceras: «¡Si es que vas abrumá, chica!». «¡Qué horror cómo está esto!». «No se puede ni hablar». El gentío es, curiosamente, el mismísimo tema de conversación de la masa. Las orillas son como la peregrinación anual a La Meca, así que hacemos cabotaje por la calzada para poder llegar a Callao a punto.

En la puerta de El Corte Inglés nos aborda Trinidad, de mediana edad, con una acreditación de una ONG. Vende calendarios a tres euros «para dar de comer a 200 familias en riesgo de exclusión de Toledo». ¿Y qué? ¿Pican? Pregunta errónea: Trinidad se pone a llorar. «Llevo dos horas y sólo una persona me ha dado algo… Es increíble… Los jóvenes al menos se paran y te escuchan… Los de más de 40 huyen corriendo», se le caen tres lagrimones.

El contraste lo pone Wilmary. Venezolana, aspecto pudiente, muy atildada, mira como deslumbrada el amago de mega-árbol navideño que ocupa Callao. ¿Le gusta este Madrid? «Estamos aquí 10 días. Sí me gusta. En Venezuela también hay una ciudad con este gentío, que es Caracas». Otros intentos por hablar con el personal son infructuosos: los viandantes piensan que el periodista les quiere pedir dinero. No se les puede culpar por ello.

Enfrente de la Fnac, apoyado en el escaparate de la tienda de ropa Símbolo, Rafael y sus 65 años.

– Perdone, soy periodista. ¿Le gusta este jaleo?

– Yo salgo a pasear…

– Pero si está ahí ‘parao’.

– Porque estoy esperando a la parienta, no me voy a meter ahí dentro encima…

– Total, que le gusta esto.

– ¡Pues claro! Esto es lo bonito de Madrid, yo vivo en Cascorro y la gente es lo mejor de Madrid.

Bajando por Preciados, entre el torrente, Bartolomé, 85 años y su bastón temblequeante, desafiando a los elementos mientras los carricoches rugen a su lado como cuchillas. ¿De paseo?

– ¿Cuántos años tiene usted, jovencito?

– Yo 37. ¿Y usted?

– Cuando tenga 40 más viene y me cuenta. Yo he vivido siempre en Algete, pero hace un año estoy en una residencia aquí al lado, he visto todo el jaleo y me he dicho: voy a dar un paseíto. Y aquí estoy.

Ni el Ayuntamiento se anima a dar cifras de paseantes, ni la Policía hace estimaciones, pero el concejal de Centro, Pedro Corral, le ponía voz, un rato después, al estribillo de los comerciantes: «O sea, que está lleno… Pues me alegro, creemos que podemos recuperar en este mes el bajón del turismo en verano [un 12% en comparación con el verano anterior]. Desde el Ayuntamiento contribuimos haciendo la ciudad más divertida: hemos puesto una pista de hielo en Ópera, tenemos a los Guerreros de Xian en el Teatro Fernando Gómez…».

Pero volvamos al tajo. 18.30 horas. Doblamos desde Preciados por la calle Maestro Victoria. El nombre no les dirá nada: la de Cortylandia, ese presunto Eldorado infantil. Apoyados en la pared a la entrada del Hotel Carlos V, dos abuelos y un carrito de niño. «¿Qué vamos a hacer aquí? Pues esperar a nuestro nieto, de dos años, con su padre ahí dentro», señalan a la marabunta familiar frente al retablo del Corte Inglés. Ella, Mari Carmen, desespera: «Es que esto me agobia mucho, lo paso fatal, ¡no podíamos salir del Metro! Un infierno».

En medio de la calle, como sonámbulo, sin ir pero tampoco sin venir, Luis, padre de mediana edad: «¿Agobiado? No, vengo con el niño. ¿A comprar? No, a mirar, venimos a mirar». Una joven trabajadora del Corte Inglés intenta encauzar a la gente que baja en riadas: «Hay más que el año pasado en esta fecha, seguro», apunta.

Volvemos a Preciados. Delante del Bershka, una fila de cinco manteros, probablemente senegaleses, con sus falsos Gucci en las mantas y el rabillo del ojo buscando a la Policía que, seguro, va a aparecer. ¿Cómo va la cosa? «Nada, no se vende, jefe», nos dice, mirando a todas partes, Mame, el que parece dirigir al grupo: «Llevamos cinco minutos y no he vendido ni un bolso. Oye, ¿hay mantas arriba donde la Fnac?». No da tiempo a responder. Una columna de municipales enfila la esquina sur y los senegaleses se esfuman como indios en una peli del Oeste.

Pero no cesa el ruido. Un poco más arriba, el clásico contraste del centro matritense: mientras un reportero-clown del programa de Telecinco Qué tiempo tan feliz hace cabriolas para dar «la bienvenida a la Navidad» rodeado de curiosos, a apenas cinco metros, un mendigo, hecho un guiñapo en el suelo, estira una llantina gutural e incomprensible hasta que una anciana se le acerca y le suelta una moneda. El «gracias» sí se entiende.

Y en la desembocadura de Preciados a la plaza prometida de Sol, la noticia: la Policía ha tenido que cortar la calle unos 20 metros, con dos cordones, para evitar avalanchas. Como ponerle una faja a una muchedumbre que, además, se queja.

– ¿Qué pasa?, le pregunta un chaval a un policía.

– Que hay mucha gente.

En ese momento la estación de Sol queda oficialmente cerrada. La Castellana, luego lo veremos, es un puro atasco, y lo mismo otros accesos al centro: la Cuesta de San Vicente, por ejemplo, también está cortada por un rato. El corazón de la metrópoli tiene tanta sangre dentro que parece a punto de explotar.

Rodeamos por la calle del Carmen y ahí está Manuel, un gitanoresalao de 43 años que lleva 23 vendiendo lotería en la esquina con Sol, hoy bajo el volcán del gentío: «No compra nadie, macho, que son dos euritos de nada… Otros años, a estas alturas, ya teníamos la mitad de la tabla vendida y mira hoy», señala al tablón en el que él y su mujer tienen los décimos colgados de unos cordajes.

En el quiosco de enfrente, cuando la riada nos deja cruzar, su regente, un magrebí llamado Feti, nos hace una pasmosa ecuación socio-comercial: «Este puente es para ver las luces y comprar lotería, nada más». De propina, otra verdad: «La clave hoy es la temperatura. Parece primavera». Tiene razón: 12 grados centígrados ahora mismo.

Sol es, en días así, una pequeña España en tres hectáreas. Hoy, padres e hijos van pasando por debajo del particular árbol de navidad,un cono lumínico que por dentro es una especie de catedral laica y navideña. Al lado, junto a un bombo de promoción de Loterias y Apuestas del Estado, familias esperan media hora para posar como niños de San Ildefonso, con las bolitas de los cuartos en la mano y la sonrisa entre dientes. El hacinamiento es total, imposible no dar y recibir codazos.

Muy cerca de ahí, un Piolín de tamaño humano. Dentro está Adolfo, peruano, 55 años, seis en España, dos sacándose un sobresueldo en Sol, cuando no está «limpiando portales». Alfonso otea al gentío y una niña -«¡Hola, Piolín!»- se encapricha con los globos que vende a dos euros… Hasta que su padre se la lleva en volandas, con un gruñido: «¡Dos euros, no jodas!».

La montonera es tal que podemos poner la oreja en el corro de operarios del Samur frente a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Uno de ellos habla por teléfono.

– ¿Eres de la Policía? Mira, soy jefe de equipo del Samur, aquí en Sol. Pero, ¿cómo vamos a ir nosotros a Ópera, si no nos podemos mover de aquí? Hemos cortado el Metro, y ya sabemos que en Ópera la ocupación está al 80%… Ya. Bueno, vale, vale, ok.

Cuelga y le dice a un compañero: «Oye, niño, vámonos tú y yo para allá. Como podamos, ponemos el liroriroriro y hasta que pasemos». Poco después suena la sirena.

En Montera con Sol empieza a cerrar Casa de Diego, que vende abanicos y bastones desde 1853. «Estos días no se vende nada, es imposible», dice su dueño, Javier. «Lo que he visto hoy no lo he visto en años. He tenido que habilitar las dos puertas para que pudiera circular la gente por dentro del local… Una locura».

Subimos por Montera. Unos guiris casi no pueden andar y le gritan al personal en inglés, riéndose: «Jodida gente, ¡esto no es normal!».

Para hacerse ver, las prostitutas cruzan por entre el personal una y otra vez, taconazo va, taconazo viene. Por buscar el redactor una frasecita, una va y se le cuelga del brazo. «Qué pasa, guapo», miente. 

Fuente | ElMundo

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